martes, 27 de mayo de 2014

Juicios de Nuremberg.

Principales condenas de los lideres nazis tras los Juicios de Nuremberg


En 1946 se estaban desarollando las sesiones del proceso de Nuremberg, en el que fueron juzgados los dirigentes del régimen nazi que dirigió el III Reich Alemán. Algunos países y muchas gentes de la época no aceptaron la validez jurídica de aquel Tribunal Internacional. Se aducía que los vencedores no podían ser justos jueces de los vencidos. Sin embargo, los dirigentes de las naciones que se vieron arrastrado a a la guerra tenían muy claro que aquello no podía volver a repetirse y que era necesario juzgar y condenar a los principales responsables de la terrible catástrofe de la Segunda Guera Mundial. El tribunal era un primer paso para robustecer la paz futura y para garantizar un orden internacional que impidiera la repetición de situaciones semejantes.

Los cargos de la acusación


La acusación formuló cuatro cargos:

1.- Crímenes contra la paz: es decir, actuaciones que llevaran a la planificación o ejecución de violaciones de tratados internacionales o comisión de actos de agresión injustificada contra naciones.

2.- Crímenes contra la humanidad: planificación, ejecución o participación en exterminios y genocidios.

3.- Crímenes de guerra: violaciones de las leyes y convenios internacionales sobre la guerra.

4.- Conspiración: actuación con otros o asociación con ellos para cometer cualquiera de los crímenes señalados en los cargos anteriores.

Jueces:

El tribunal quedó consituido por cuatro jueces procedentes de las cuatro potencias principales que habían intervenido en la guerra: Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y la URSS. Cada uno de ellos tenía un sustituto de su misma nacionalidad. La presidencia recayó en manos del inglés Geoffrey Lawrence.
Acusados:
Los acusados fueron seleccionados entre los ochocientos altos jefes detenidos en los últimos días de la guerra. La lista, al final, quedó reducida a 24 nombres, aunque el tribunal solo abrió la causa contra 22, porque la acusación contra el magnate de la industria pesada Gustav Krupp se sobreseyó por su avanzada edad y mala salud y porque Robert Ley, responsable de los campos de trabajo, consiguió suicidarse, ahorcándose con una sábana antes de que se abriera el proceso.

Vista de la causa:
La causa se fue desarrollando durante diez meses y diez días, en 216 sesiones.

Sentencia:
Se dictó sentencia el 1 de octubre de 1946, los jueces hallaron a 19 de los 22 acusados culpables de alguno de los cargos que se les imputaban. Hess, Raeder y Funk fueron condenados a cadena perpetua; Speer y Schirach fueron condenados a veinte años; Neurath a quince años; Doenitz a diez años. Condenados a morir en la horca:Goring, Ribbentrop, Keitel, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick,   Streicher,    Seyss-Inquart,     Sauckel,    Jodl,   Bormann (fue condenado en ausencia puesto que se hallaba prófugo). En lo que respecta a los acusados Schacht, Fritzsche y Von Papen fueron increíblemente absueltos.
No hubo acuerdo pleno entre los jueces a la hora de fijar sentencia. El juez ruso desintió en dos cuestiones: no aceptó las tres absoluciones y exigió sin conseguirlo, que fueran condenados globalmente como organizaciones criminales tanto los gobiernos del III Reich, como los Estados Mayores de sus Fuerzas Armadas.

Concluido el juicio, las autoridades norteamericanas juzgarían a 199 personas más, acusadas de actividades criminales durante la guerra, entre 1945 y 1949 en el Tribunal de Nuremberg. De ellos, 38 fueron absueltos, 36 condenados a muerte (de los que 18 fueron ejecutados), 23 a cadena perpetua y 102 a condenas menores. De hecho, y de otros juzgados por los norteamericanos, ninguno de los que quedaron con vida cumplieron más de siete años de prisión.

VIDEO: https://www.youtube.comwatch?v=gZptYo2dO-0



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viernes, 2 de mayo de 2014

La Batalla de Belchite



La Batalla de Belchite, 24-8-1937
La Batalla de Belchite es una de las batallas más famosas de la Guerra Civil Española (1936-1939). La resistencia épica de los sublevados de derechas o “nacionales” en el pueblo de Belchite consiguió detener la ofensiva del gobierno de la República Española contra la importante ciudad de Zaragoza. La frenética lucha casa por casa entre las tropas de ambos bandos acabó con el pueblo completamente devastado. Belchite nunca se reconstruyó, es una memoria viva de la Guerra Civil.
Con objeto de hacer un nuevo intento de detener las operaciones de los nacionales en el norte de España, el gobierno republicano decidió lanzar una nueva ofensiva en el frente de Aragón. En esta ocasión el estado mayor republicano eligió atacar Zaragoza, con objeto de conquistar esta importante urbe y conseguir con ello aislar al resto de tropas nacionales de Aragón. La importancia de defender Zaragoza interrumpiría los ataques nacionales contra Santander y obligaría a los nacionales a desviar un gran número de tropas a la zona. Sin embargo, un pueblo cercano a Zaragoza se convertiría en el rompeolas donde se estrelló la ofensiva republicana. Su nombre era Belchite.
Tras los avances republicanos del 24 y 25 de agosto, la localidad de Belchite quedo cercada y alejada del frente nacional. Sin embargo, Belchite, localidad que por entonces contaba con unos 4.000 habitantes, no estaba dispuesta a rendirse. El pueblo en sí estaba bien defendido, contaba con varios puntos fuertes defendidos con ametralladoras, a los que se sumaban barricadas en todas las calles y defensores atrincherados en todas las casas. Al mando de la defensa estaba el teniente coronel Enrique San Martín que contaba para su defensa con unos 6.000 combatientes decididos a resistir hasta la muerte: 2.273 soldados regulares, a los que se sumaban requetés, falangistas y civiles del pueblo armados, que estaban liderados por su alcalde: Ramón Trallero.
La conquista de Belchite fue encargada por el mando republicano a dos de sus mejores divisiones: la 11ª de Líster (brigadas 68ª, 9ª y 100ª) y la 35ª del general Walter, conformada por la 32ª brigada y la 11ª y 15ª brigadas internacionales.
Los primeros ataques republicanos tenían por objeto “apretar” el cerco sobre la población, ocupando para ello las afueras de la misma y obligar a los defensores a concentrarse en el casco urbano. El 29 de agosto los republicanos conquistaron la ermita de El Pueyo, y al día siguiente el vértice Voladico y el cementerio. Por último, el día 31 se conquisto tras duros combates la estación de ferrocarril y la fabrica de aceite consumándose el cerco que constreñía a los defensores al casco urbano.
Estas primeras operaciones se complementaron con dos acciones destinadas a desmoralizar a los defensores: el corte de suministro de agua (la ofensiva republicana se había desatado en el verano y los soldados de ambos bandos tenían un enemigo común: el fuerte calor) y los primeros bombardeos del casco urbano. El 1 de septiembre, los republicanos lanzan sobre el pueblo numerosos ataques aéreos, con objeto de “ablandar” las defensas para su posterior asalto. El día 2 los republicanos toman el Seminario y lanzan reiterados asaltos contra el casco urbano. La 15ª Brigada Internacional, apoyada por varios tanques, llega hasta la calle Mayor, entablándose durísimos combates casa por casa. Debido al estallido fortuito de uno de los morteros que usaban los defensores murieron varios de los mandos nacionales, entre ellos el alcalde Ramón Trallero y el comandante Luis Rodríguez Córdova.
Al día siguiente los combates se suceden con gran intensidad, sin que los republicanos consigan avanzar más que unos metros. Los defensores nacionales luchan fanáticamente y prefieren morir en su puesto antes que retroceder. La única forma de desalojarles de sus posiciones es tomar cada casa a punta de granada. En esta furiosa lucha bajo el calor del verano y sufriendo el hedor de los cadáveres que pueblan las calles no hay lugar para la piedad y muchas veces los internacionales fusilan a los enemigos que intentan rendirse. El día 4, como medida extrema para doblegar a los defensores, los atacantes proceden al incendió de una parte del pueblo y a la voladura de varias casas. Ningún bando cede y poco a poco la superioridad numérica de los atacantes se hace notar, la mayor parte del pueblo está en sus manos y los defensores solo mantienen un puñado de reductos en torno a la iglesia de San Martín, la iglesia de San Agustín y el ayuntamiento. El día 5 los republicanos conquistan la iglesia de San Martín, el hospital, donde se capturan a 200 heridos enemigos y una parte del ayuntamiento. Su victoria es ya casi completa. Esa misma noche, 300 defensores nacionales liderados por el comandante falangista Joaquín de Santa Pau intentan romper las líneas enemigas con objeto de escapar hacía Zaragoza. Solo unos 80 lo consiguen, muriendo Santa Pau y el resto en el intento o en las afueras de Belchite.
El día 6 los republicanos se alzan finalmente con la victoria en Belchite y finaliza la ofensiva sobre Zaragoza. La conquista del pueblo les había costado más de 2.500 bajas entre muertos y heridos. Por contra, habían causando un número similar de bajas entre los defensores y habían capturado 2.411 prisioneros nacionales. Pese a todo, esta victoria intrascendente serviría mucho para alzar la moral republicana, muy dañada tras perder sus territorios en el Norte de España.
El 10 de marzo de 1938 las tropas nacionales reconquistarán la localidad.     


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La matanza de Badajoz

LA MATANZA DE BADAJOZ

El 14 de agosto se cumplen 76 años de lo que conocemos como (La matanza de Badajoz). Un terrible hecho que desoló tierras extremeñas durante el caluroso verano de 1.936.

La dictadura lo maquilló, ya que ocultarlo era poco más que imposible, el propio Gral. Yagüe al mando de las tropas principalmente compuestas por moros y legionarios, lo reconoció en unas palabras al periodista John T. Whitaker, del New York Herald Tribune, cuando éste le preguntó si era verdad lo que se contaba sobre la matanza: "Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted? ¿Que iba a llevar 4000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?".
El Gral. Yagüe después de este acontecimiento fue conocido como (El carnicero de Badajoz). Ésta no fue la única declaración que Yagüe vertió a la prensa internacional. El periodista portugués Mario Neves (Diario Lisboa) le preguntó:
-"Se dice que más de dos mil personas han sido fusiladas ya en Badajoz". A lo que el Carnicero respondió: - “No deben ser tantos”.

La historia de la matanza.

La columna de la que estaba al mando, el por entonces teniente coronel, Juan Yagüe subía desde Andalucía con destino Madrid, entró en Extremadura por los pueblos del sur (Los Pedroches) Según avanzaban las tropas sublevadas a Badajoz iban dejando un reguero de sangre, muerte, violaciones, mutilaciones y un terror que caló en los habitantes de esos pueblos.

El día 13 de agosto: La ciudad se quedó sin suministro eléctrico y rodeada por las tropas sublevadas. La Guardia Civil traicionó la legalidad y desde dentro atacó a los milicianos y militares que defendían la ciudad que se encontraban por todo el perímetro de la muralla.


El día 14 de agosto:  Fue el día decisivo para la toma de badajoz por parte de los facciosos, cuando sus tropas pudieron cruzar las murallas de la ciudad defendidas por cerca de 3000 milicianos, no muy bien armados y una tropa de 500 soldados al mando del coronel Ildefonso Puigdendolas. La ciudad previamente había sido objetivo de la aviación fascista, mermando mucho las posibilidades del ejercito fiel a la República. Ya en la ciudad la lucha fue cuerpo a cuerpo. Con los moros armados hasta los dientes, fueron asesinado a todas las personas que se cruzaban por su camino. Por las calles quedaron cuerpos de mujeres, hombres y niños. Hasta que finalmente antes de acabar el día las tropas sublevadas se hicieron con la ciudad.
El día 15 de agosto: Siguió la matanza hasta el anochecer. Los republicanos que huyeron por la frontera de Portugal fueron detenidos y entregados a los fascistas españoles, condenando sus vidas a una muerte segura, como así fue pocas horas después.

Tras la batalla.

El propio Yagüe dio la orden de confinar a todos los prisioneros y prisioneras en la plaza de toros y colocó unos focos en la misma para alumbrar el ruedo y las gradas. En la primera noche, la del 14 al 15 de agosto, se produjeron cerca de 1800 asesinatos en la plaza, sin juicio, sin posibilidad de defensa, se ejecutó a mujeres y hombres la mayoría de ellos civiles que de una forma u otra habían sido leales a la república. La cifra final más ajustada según los investigadores más prestigiosos, ronda los 4000 asesinatos durante los 2 días que duró esta cruel pesadilla.


Para cometer tan cruel matanza el Carnicero de Badajoz colocó ametralladoras en la parte alta de las gradas y desde allí y de forma indiscriminada eran ametrallados en grupos los prisioneros. También participó de esta masacre la Guardia Civil y los falangistas de la ciudad, que previamente delataron a sus vecinos sospechosos de ser leales a la República para que fueran arrestados.

Los camiones entraban en la plaza y obligaban a los confinados que quedaban vivos a subir los cuerpos, la cantidad de cuerpos era tal que, los cadáveres se colocaban en vertical para ocupar menos espacio. Hubo conductores que declararon dar en una sola jornada más de 6 viajes, con cerca de 50 cuerpos por viaje que, eran llevados al cementerio de la ciudad para ser quemados.

 
También se cuenta que a este macabro acontecimiento estaban invitados los terratenientes y señoritos de la capital, que ocuparon la zona más alta de la plaza para presenciar la masacre. Este punto es polémico y al no haber ningún tipo de registro es de difícil comprobación. Teniendo en cuenta que los terratenientes, con la nueva ley de reforma agraria que en breve se iba a aprobar en el parlamento, perdían sus tierras para pasar a ser propiedad de los que la trabajaban, no es muy difícil entender el odio el que los señoritos tenían hacía esos trabajadores, por lo que alguno pudiera aceptar la invitación que se le hizo.

Según el censo del año 1930, publicado en el anuario de 1936 Badajoz tenía una población de 43.726 por lo que se estima que la matanza de Yagüe acabó con cerca del 10% de la población.
 
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martes, 29 de abril de 2014

Masacre de Zafra

MASACRE DE ZAFRA
 

Noche del 7 de agosto de 1936. Las tropas rebeldes se encontraban a pocos kilómetros de Zafra (Badajoz). Habían tomado el pueblo más cercano, Los Santos de Maimona, en la carretera general entre Sevilla y Badajoz, tras haber machacado con el bombardeo de la aviación a los milicianos de Puigdéndolas. Con cerca de 300 bajas, su entusiasmo y su arrojo no habían sido suficientes para frenar a unas tropas experimentadas en el combate.
Zafra estaba aterrorizada ya que la gente sabía ya de la “limpieza” que estaban realizando Asensio y Castejón en las poblaciones tomadas por sus columnas mixtas de legionarios, regulares y “moros”.
El alcalde socialista, José González Barrero, que había arriesgado su vida al oponerse a que los presos de derechas del pueblo fueran asesinados, estaba preparando la evacuación de la población. Aún estaba lejos de saber que, años más tarde, sería asesinado por aquellos que habían conservado la vida gracias a él.
Con la primera luz del día, dos coches blindados avanzaron hacia Zafra; uno llevaba pintado en el capó un corazón de Jesús y el otro la cara de Azaña con dos cuernos, y eran seguidos por soldados rebeldes y legionarios capitaneados por el comandante Antonio Castejón.
Este militar africanista, ya se había ganado una justa fama de sanguinario en la represión de los barrios obreros de Triana y de la Macarena en Sevilla, así como también en la “liberación” de bastantes poblaciones de los alrededores de la capital andaluza, como Alcalá de Guadaira y Arahal entre otras, llegando hasta Puente Genil en la provincia de Córdoba.
Especialmente dura fue la represión que encabezó en esta población cordobesa. Tras ser tomada gracias al bombardeo de la aviación y a la desproporcionada superioridad numérica y de preparación de las tropas al mando de Castejón, éstas procedieron a fusilar a todos los hombres que encontraban en las calles, en sus casas, en cualquier lugar… La matanza fue horrorosa. Varios cientos de personas fueron fusiladas ese mismo día. Algunas fuentes estiman que fueron más de mil.
Así cumplía Castejón las órdenes de Queipo de Llano que ya había preparado el camino de la masacre con su discurso del 23 de julio en Radio Sevilla:
 “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad”.
No es extraño pues que, con estos antecedentes, la columna de Castejón avanzase hacia Zafra pensando que iba a ser un nuevo paseo militar, como así fue en realidad. Entraron en la población sin ninguna oposición y, tras liberar a los presos de derechas, formó con ellos una nueva Comisión Gestora en el ayuntamiento, tal como habían hecho en otras poblaciones ya tomadas.
A las 12 del mediodía, la columna de Castejón se preparó para dejar Zafra. Los militares abandonaron la localidad por la misma carretera por donde habían entrado siete horas antes. Los seguía una larga hilera de 48 reos.
Una vez en las afueras, comenzaron los fusilamientos: los mataron en grupos de siete, de modo que el resto de los detenidos veía lo que les esperaba. A cada trecho fusilaban un grupo y la carretera que une Zafra con Los Santos de Maimona quedó sembrada de cadáveres.
Mientras, en Zafra continuaba la represión, ahora a cargo de la nueva Junta Gestora nombrada a dedo por los militares. En los primeros meses de ocupación, eliminaron a más de 200 personas en un pueblo de 7.000 habitantes, caracterizado por no haber tenido ni una sola víctima de derechas durante la Segunda República. Hay evidencias de que, en su mayor parte, la represión fue encomendada a la Falange.
Todos estos asesinatos contaban, como no podía ser de otro modo, con la bendición apostólica de una iglesia que desde el principio se declaró a favor de los golpistas prestándoles con entusiasmo todo su apoyo moral, ideológico, material y humano. Éste último se personifica, en el caso de Zafra, en la figura del “padre” Juan Galán Bermejo que, al contrario que su compañero Daniel Gómez, que hizo lo que estuvo en su mano para reducir la lista de los fusilados, se encargaba de señalar a los que iban a ser ajusticiados, llegando incluso a realizar el “trabajo” personalmente.
Las columnas de Castejón, de Asensio y de Tella., todos ellos a las órdenes de Yagüe y, en última instancia de Franco y de Queipo en Sevilla, continuaron su implacable avance hacia Madrid.